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Su juventud


Luis María de Montfort nació en Francia el 31 de enero de 1673 en el pueblito de Montfort, situado al oeste de Rennes en la Bretaña. Era el mayor de los hijos que sobrevivieron a la numerosa familia de Juan Bautista Grignion y de su esposa Juana Robert.

Luis María pasó casi todos sus primeros años y su primera infancia en Iffendic, a algunos kilómetros de Montfort, en donde su padre había comprado una finca conocida con el nombre de “Le Bois Marquer”. Según las personas que lo conocieron desde pequeño, ya manifestaba una madurez espiritual poco común a su edad.

A la edad de 12 años entró en el colegio de los jesuitas de Santo Tomás Becket en Rennes; ahí se destacó como buen estudiante y acentuó ciertas líneas de fuerza que más tarde marcaron su vida. Los relatos que hablan de la vida de un sacerdote del lugar, el P. Julián Bellier, misionero itinerante, encienden su ardor por la predicación de misiones. Guiado por otros sacerdotes, cultivó una viva devoción a la Santísima Virgen. Al mismo tiempo, comenzó a sentir las necesidades de los marginados y a manifestarles cada vez más un afecto y una solicitud , no sólo en teoría sino también de una manera concreta.

Durante los años de estudio, sintió la llamada al sacerdocio. Al terminar sus estudios medios, comenzó los de filosofía y teología, siempre en el colegio de Santo Tomás de Rennes. Entre tanto, gracias a un benefactor, pudo completar sus estudios en el célebre Seminario de San Sulpicio, en París. Se había puesto en camino rumbo a la capital hacia el fin del año 1693.


 Preparación al sacerdocio















Al partir de Rennes y en el umbral de una nueva vida, Luis María fue autor de un pequeño drama que  manifiesta el estilo de vida que en adelante había resuelto abrazar. Su familia le había ofrecido un caballo para ir a París, pero lo rehusó; su madre le dio un vestido nuevo y su padre le hizo un regalo de 10 escudos para los gastos del viaje. Algunos miembros de la familia le acompañaron hasta Cesson, en donde la ruta para París pasa sobre el río de la Vilaine. Aquí le dieron la última despedida. Después de haber franqueado el puente, Luis María aprovecha la primera oportunidad para regalar sus diez escudos, cambiar su vestido nuevo por el de un mendigo. Prosiguió el camino resuelto desde entonces a vivir cerca de los pobres y a contar sólo con la Providencia para subvenir a sus necesidades.

Al llegar a París, constata que su benefactor no había provisto el dinero necesario para permitirle entrar en el colegio llamado el “Pequeño San Sulpicio”. Este colegio vinculado al seminario pero separado de él, estaba destinado a acoger a los estudiantes pobres. Se hospedó en diversas pensiones de familia dirigidas por los sulpicianos. El alimento era mediocre y el alojamiento exiguo. Seguía los cursos de teología de la Sorbona. Con un ardor quizás exagerado por la penitencia, añadió sus propias mortificaciones a las de una vida austera; pero, no habían transcurrido aún dos años cuando tuvo que hospitalizarse en el hospital ‘Hotel de Dios’. Casi de milagro se repuso de la enfermedad y de las sangrías que le hicieron. Pero más milagroso aún fue el hecho que al salir del hospital tuvo la sorpresa de saber que tenía cupo en el Pequeño San Sulpicio. Entró ahí en julio de 1695.

San Sulpicio había sido fundado por Jean-Jacques Olier, uno de los maestros de la llamada “Escuela francesa de espiritualidad”. Ahí se ponía el acento en el misterio de la Encarnación y en el lugar de María en el designio divino de salvación. Era el lugar ideal para que san Luis María desarrollara los temas de su espiritualidad personal. Había, sin embargo, otros aspectos de la espiritualidad sulpiciana menos atrayentes para él: la tendencia a colocar al clero en un pedestal a tal punto que los sacerdotes corrían el riesgo de “instalarse” y caer en la autosuficiencia. Durante el tiempo que pasó en San Sulpicio tuvo ocasión de estudiar la mayor parte de las obras de espiritualidad entonces disponibles, particularmente las concernientes al lugar de María en la vida cristiana. Para esto aprovechó muy bien su cargo de bibliotecario. Tuvo también tiempo para perfeccionar su enseñanza del catecismo sobre todo entre los jóvenes marginados de la parroquia de San Sulpicio.

En junio de 1700 fue ordenado sacerdote. Algunas días después celebró su primera misa en el altar de la Santísima Virgen en San Sulpicio. Permaneció aún en París algunos meses antes de lanzarse al ministerio sacerdotal.



Inicio de su ministerio sacerdotal








            

 

Ordenado sacerdote, se le encomendó primero ejercer su ministerio en la Comunidad de San Clemente, en Nantes. Como lo aseveran sus cartas de esta época, se sintió frustrado porque no encontró ahí suficiente ocasión de predicar como se sentía llamado a hacerlo. Examina varias opciones, incluso la de hacerse eremita, pero se convencía cada vez más que Dios le llamaba a “predicar misiones a los pobres”. Soñaba ya, en ese entonces, fundar para esta finalidad “una pequeña compañía de sacerdotes agrupados bajo el estandarte de la Santísima Virgen”. Al cabo de algunos meses, la Sra. de Montespan, antigua favorita, convertida, del rey Luis XIV que había encontrado en París, le persuadió de irse a Poitiers. Aunque no muy a gusto, puesto que no se creía llamado a “encerrarse en un hospital”, aceptó el cargo de capellán del llamado “Hospital General”. Este era una especie de asilo en donde se encerraba a los indigentes para sustraerlos de la mirada del público. Luis María se entregó con todo entusiasmo y generosidad al servicio de estos pobres. Parece que las reformas que quiso promover en el establecimiento le atrajeron dificultades con las autoridades. Partió entonces para París hacia la Pascua de 1703.

El año siguiente fue muy penoso para él. Se juntó al equipo de capellanes de la Salpétrière, el primer “Hospital General” fundado por san Vicente de Paúl. Pero, al cabo de pocas semanas, por razones que desconocemos, le obligaron a partir. Comienza entonces para él un período en el cual es rechazado por casi todos sus amigos y conocidos. Como ha acontecido con otros santos, parece que su extraordinaria santidad era un reproche para quienes no se sentían capaces de tomar el Evangelio al pie de la letra. Se le acusaba de orgullo y ceguera. Durante casi un año vivió en un alojamiento muy pobre de la Rue du Pot de Fer, sin amigos y sin ministerio preciso. Esta permanencia le brindó, sin embargo, la ocasión de meditar más profundamente en Jesucristo, manifestación de la Sabiduría de Dios. En esta época probablemente escribió el “Amor de la Sabiduría Eterna”.

Los pobres de Poitiers, sin embargo, no le habían rechazado. Le escribieron para pedirle que retornara. De acuerdo con el obispo, regresa a Poitiers como Director del “Hospital General”. De nuevo emprendió la reforma del establecimiento. Para este propósito fue ayudado por una joven, María Luisa Trichet, que se sentía llamada a ser religiosa y a entregarse al servicio de los pobres. Luis María la persuade que venga a trabajar con él en el “Hospital General” en donde más tarde se le juntará otra joven: Catherine Brunet. Después de varios años de espera, estas dos jóvenes llegaron a ser las primeras Hijas de la Sabiduría.

Luis María continuaba suscitando la oposición por sus reformas. Después de algunos meses, el obispo y María Luisa le persuaden de abandonar el Hospital por segunda vez. Comenzó a predicar misiones en Poitiers y sus alrededores. Sentía así estar haciendo el trabajo que Dios le requería. Una de sus primeras misiones la predicó en los suburbios de Montbernage. El procedimiento empleado ahí caracterizaría después muchas de sus misiones: la invitación a renovar las promesas del bautismo, las procesiones y liturgias animadas que atraían a los cristianos de los cuales nadie se había ocupado en el pasado. Pero sus éxitos parece que suscitaron la envidia de los que gozaban de la confianza del obispo. Al inicio de la cuaresma de 1706 le prohibieron predicar más misiones en la diócesis de Poitiers.

¿Qué haría? Pues se convencía cada vez más que su vocación era predicar misiones y, no obstante, el obispo le impide hacerlo. Entonces sueña con orientarse hacia las Misiones en el Extranjero, pero antes requería pedir consejo a quien correspondía. Se pone entonces en camino a Roma para hacer una peregrinación y pedir el parecer del Papa Clemente XI. El Papa reconoció su auténtica vocación y, después de decirle que en Francia tenía un campo de apostolado suficientemente vasto, le envía a su País natal con el título de Misionero Apostólico. De regreso a Francia, Luis María se dirige primero al Monte san Miguel para hacer ahí un retiro antes de buscar en la Bretaña un campo de apostolado en donde desplegar su celo misionero.

 

Misiones en la Bretaña











 

Después de su retiro en el Monte san Miguel, Luis María se puso a buscar un equipo de misioneros dirigido por uno de los más célebres misioneros bretones, el P. Leuduger. Los encontró en Dinán y fue aceptado como miembro del equipo. Durante algunos meses predicó con el equipo varias misiones en las Diócesis de Saint-Malo y Saint-Brieuc. Una de ellas fue en Montfort, su pueblo natal; otras en Plumieux y en la Chèze en donde renovó una antigua capilla en ruinas dedicada a Nuestra Señora de la Piedad. En las ciudades en donde se hacían las misiones, había siempre preferencia por los barrios más pobres. Ahí lanzaba siempre iniciativas para socorrer a los pobres, como por ejemplo la sopa popular en Dinan.

Pero, parece que no podía lograr su plena medida como miembro de un equipo. Pocos meses después dejará el equipo misionero para ir un año a San Lázaro, a la salida de Montfort, en compañía de dos hermanos que se le habían unido. Se dedicó a enseñar el catecismo a las personas que visitaban el antiguo oratorio, y formó a los dos hermanos en la vida comunitaria. Al cabo de un año, probablemente se dio cuenta de que en otras partes encontraría más ocasiones de predicar misiones. Entonces, se fue a trabajar a la diócesis de Nantes.

Durante dos años predicó misiones en Nantes y sus alrededores. En casi todas tuvo éxito con un buen número de conversiones. Su fama de gran misionero se propagó. La gente sencilla comenzó a llamarlo “el buen Padre de Montfort”. Trataba de prolongar los resultados espirituales de sus misiones con la fundación de cofradías y asociaciones que estimulaban a la gente a permanecer fieles a la renovación de sus promesas bautismales. También erigía calvarios como recuerdos tangibles de las misiones. En Pontchâteau logra la ayuda de miles de personas para erigir un gigantesco calvario como impresionante recuerdo del amor de Dios.

El calvario de Pontchâteau, no obstante, le causaría no pocas decepciones. La víspera de su bendición, el obispo la impidió puesto que había recibido una orden del rey de demolerlo. Este triste acontecimiento de la demolición por orden real era fruto de la envidia y del desquite mezquino. Pero parece también que el obispo no podía hacer otra cosa que refrenar los “excesos” de este sacerdote extraordinario. Pocos días más tarde le impide predicar en su diócesis. Este no fue el único caso, pero fue el más impresionante de todos. Allí Montfort fue invitado a compartir la cruz de Cristo. Pero él no se deja abatir por esta prueba que más bien le conduce a la reflexión y meditación. El compartirá sus reflexiones en un corto escrito: la “Carta a los Amigos de la Cruz”.

Aunque no le impidieron realizar todo el ministerio en la diócesis de Nantes, para él fue claro que si quería continuar con la predicación, debería emigrar. Invitado por el obispo de La Rochelle, deja Nantes en 1711 y comienza el último período de su vida en el cual predica misiones en toda la diócesis de la Rochelle y Luçon, en la región llamada “Vendée Militaire”.

 

Ultimos años  










                                                                                                                  Reliquia de San Luis Grignon de Montfort

 

Los cinco Ultimos años antes de su muerte en 1716, fueron para Luis María, años de intensa actividad. Estaba constantemente ocupado en predicar misiones. Siempre iba a pie de una misión a otra. Sin embargo, sacó tiempo para escribir el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”, el “Secreto de María”, las “Reglas de los Sacerdotes Misioneros de la Compañía de María” y las de las Hijas de la Sabiduría, numerosos Cánticos que empleaba en las misiones y hacía cantar con aires populares de la época. Emprendió dos largos viajes, uno a París y el otro a Rouen, para tratar de reclutar miembros para su Compañía de María, con la que soñaba cada vez más cuando se acercaba el término de sus días. De tiempo en tiempo sentía la necesidad de retirarse a un lugar tranquilo y solitario, como el Bosque de Mervent o su pequeña “ermita” de Saint-Eloi cerca de La Rochelle.

Sus misiones ejercieron gran influencia particularmente en la Vendée. Se dice que una de las razones por las cuales los habitantes de esta región, 80 años más tarde, se opusieron fuertemente a las tendencias antirreligiosas y anticatólicas de la Revolución Francesa, fue porque su fe se había consolidado con la predicación de san Luis María. Tuvo, no obstante, dificultad de persuadir a otros padres para juntársele y trabajar con él como miembros de la Compañía de María. Finalmente en el transcurso de su último año en la tierra, dos sacerdotes, los Padres René Mulot y Adrien Vatel, se le juntaron; también reunió a su alrededor algunos Hermanos que le ayudaban en su labor misionera.

El obispo de la Rochelle, Mons. Etienne de Champflour, fue siempre un gran amigo suyo, aunque había quienes continuaban oponiéndosele e incluso hasta atentar contra su vida. Con el apoyo del obispo fundó escuelas de caridad para los niños pobres de la Rochelle e invitó a María Luisa Trichet y Catherine Brunet , que servían pacientemente en el hospital de Poitiers, a que vinieran a ayudarle. Hicieron por fin su primera profesión religiosa. Así nació la congregación de las Hijas de la Sabiduría. Bien pronto otras jóvenes se les juntaron.

En abril de 1716, agotado por el trabajo y la enfermedad, Luis María se va finalmente a San Lorenzo para comenzar a predicar la misión que sería la última. En el transcurso de la misión cayó enfermo y murió el 28 de abril. Miles de personas asistieron a sus funerales en la iglesia parroquial. Poco tiempo después se propagó la noticia de los milagros que acontecían junto a su tumba. Los dos sacerdotes de la Compañía de María, los Padres Mulot y Vatel, se retiraron a Saint-Pompain con algunos Hermanos. Sólo dos años después emprenderían la obra tan querida al corazón de Luis María: la predicación de Misiones.

En 1888 Luis María fue beatificado, y en 1947 fue canonizado por el Papa Pío XII. Las congregaciones que dio a la Iglesia, la Compañía de María, las Hijas de la Sabiduría y los Hermanos de San Gabriel (congregación que se desarrolló a partir del grupo de Hermanos reunidos por san Luis María), se desarrollaron y propagaron, primero en Francia y después en el mundo entero. Ellas continúan testimoniando el carisma de san Luis María y prolongan su misión: establecer el Reinado de Dios, el Reinado de Jesús por María.

Doctor de la Devoción Mariana
 


Uno de los misioneros de la devoción mariana más conocidos, incansable predicador de la sagrada esclavitud de amor a María Santísima, apóstol de la Contra-Revolución.


Plinio María Solimeo
























Segundo de los dieciocho hijos del abogado Juan Bautista y de Juana Roberta de la Vizeule, Luis Grignion nació el 31 de enero de 1673, en Montfort-la-Cane (hoy Montfort-sur-Meu), en la Bretaña. Por la devoción que ya tenía hacia la Santísima Virgen, en la confirmación añadió a su nombre el de María.

Luis heredó del padre un temperamento colérico y arrebatado, y dirá después que “le costaba más vencer su vehemencia y la pasión de la cólera que todas las demás juntas”. Pero lo consiguió tan bien, que un sacerdote compañero suyo, en los últimos años de su vida, atestigua que: “Realizó esfuerzos increíbles para vencer su natural vehemencia; y lo consiguió, y adquirió la encantadora virtud de la dulzura”,1 que atraía tanto a las multitudes.

El pequeño Luis Grignion de Montfort sentía también mucha inclinación por la soledad, siendo común que se retirara a un rincón de la casa para entregarse a la oración ante una imagen de la Virgen, rezando principalmente el Rosario.

En 1684 sus padres lo enviaron a estudiar humanidades como externo en el Colegio Tomás Becket, de los jesuitas de Rennes. Allí pasará ocho años, con muy buen aprovechamiento.

Todos los días, antes de ir al colegio, pasaba por alguna iglesia para hacerle una visita al Santísimo Sacramento y a alguna imagen de Nuestra Señora. Muchas veces, antes de regresar a casa, hacía lo mismo.

Amor por los pobres y vocación sacerdotal

Creció en él un deseo innato de ayudar al prójimo. Como dice un biógrafo suyo, “su buen corazón, lleno de misericordia y de compasión hacia el prójimo, lo llevaba a ocuparse en amparar a los escolares pobres que estudiaban con él en el colegio. No pudiendo socorrerlos con sus propios recursos, solicitaba para ellos limosnas ante personas caritativas”.2

Fue eso lo que lo llevó a frecuentar un grupo de jóvenes reunidos por un sacerdote, el padre Bellier, a quienes daba pláticas sobre temas piadosos, y los enviaba después a los hospitales para consolar e instruir a los pobres. Era junto a éstos que el adolescente Luis pasaba parte de sus días de asueto.

Concluidos sus estudios, decidió hacerse sacerdote, dirigiéndose entonces a París. Hizo el largo viaje a pie, pidiendo alojamiento y comida de limosna.

Una bienhechora consiguió que entrase en el célebre seminario de San Sulpicio. Después de muchas vicisitudes, fue ordenado sacerdote en 1700.

Intensa lucha contra los jansenistas

Durante cinco años no continuos, el padre de Montfort —como era conocido— trabajó en la diócesis de Poitiers, tanto de capellán del Hospital General, como predicando misiones en los arrabales de la ciudad, combatiendo las blasfemias, canciones obscenas y borracheras. En el Hospital General le vino la idea de formar una asociación de doncellas, que “dedicó a la Sabiduría del Verbo Encarnado, para confundir la falsa sabiduría de las personas del mundo y establecer entre ellas la locura del Evangelio”.3 Seleccionó para ello doce de las jóvenes pobres más fervorosas, eligiendo como superiora a una ciega. Más tarde asoció a ese grupo a dos jóvenes de buena burguesía, la futura beata María Luisa Trichet y Catalina Brunet. “La sabiduría que pregona Montfort se inspira, de un lado, en la segunda carta de San Pablo a los Corintios: la cruz, escándalo y locura para tantos sabios, pero sabiduría de Dios, misteriosa y escondida”.4

Mientras tanto los infectados con la herejía jansenista —esa especie de protestantismo disfrazado—, junto a los librepensadores, comenzaron una campaña de calumnias contra este misionero “extravagante”, que predicaba una “devoción exagerada” a la Madre de Dios. Él tuvo que disolver su asociación de la Sabiduría y retirarse del Hospital, a pesar de las protestas vehementes de los pobres y de los enfermos.

El padre Grignion de Montfort aprovechó esa ocasión para hacer una peregrinación a Roma. En la Ciudad Eterna, se puso a disposición del Sumo Pontífice para trabajar por la salvación de las almas en cualquier parte donde éste lo quisiese enviar. Clemente XI juzgó que el misionero sería más útil en su propia patria, enseñando la doctrina cristiana a los niños y al pueblo y haciendo florecer nuevamente el espíritu del cristianismo con la renovación de las promesas del bautismo. El Papa lo nombró Misionero Apostólico. Pero quedaba bajo la dependencia de los obispos, muchos de los cuales eran de tendencia jansenista.

       


















Capilla de San Luis María Grignion de Montfort, en Pontchâteau, en la Bretaña (Francia)



 
Misionero Apostólico en Nantes                             

Volviendo a Francia, pasó a trabajar con el padre Leuduger, que tenía un grupo de misioneros dedicados totalmente a la evangelización del campo. Fue una nueva experiencia para el padre Montfort, pues constató la importancia del canto y de las grandes procesiones en los esfuerzos misioneros. Él escribirá varias decenas de cantos populares, cuyas letras se adaptaban a melodías profanas, muy en boga por entonces.

Seis meses después, lo vemos en su ciudad natal, evangelizando la región, habiendo asociado a tal labor a dos laicos, uno de los cuales será el hermano Maturin Rangeard, que continuará por 55 años evangelizando como misionero laico.

Pero esta actividad también le fue prohibida a Luis Grignion por el obispo de Saint Malo, influenciado por los jansenistas.

En Nantes obtuvo el cargo de director de las misiones de toda la diócesis, habiendo trabajado allí durante dos años. De aquella época tenemos la siguiente manifestación de un contemporáneo suyo: “Lo que más se destacaba en él era un don y una gracia singular para ganarse los corazones. Habiéndolo oído, se ponía en él toda la confianza. [...] La confianza pronta y fácil que las personas tenían en él era tan grande, que consiguió establecer en varias parroquias las oraciones de la noche, el rosario y la sepultura en los cementerios [contra la costumbre de enterrar en las iglesias]; lo que no se había podido conseguir, [...] él lo consiguió a la primera propuesta que hizo”.5

La construcción del Calvario de Pontchâteau

En una misión en Pontchâteau, el padre de Montfort se entusiasmó con la idea de erigir un gran calvario en una colina próxima, y su entusiasmo contagió al pueblo. Durante 15 meses, de 400 a 500 personas de todas las edades y condiciones sociales trabajaron diariamente para aplanar el terreno y montar el calvario. El padre de Montfort estaba exultante. Había ya conseguido del obispo de Nantes la autorización para bendecirlo, y estaba todo preparado para el día 14 de setiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Pero, la víspera de aquel día, llegó una prohibición formal del obispo de proceder con la ceremonia. El asunto levantó polémica y llegó hasta Versalles, donde, mal informado, el rey Luis XIV ordenó que demoliesen aquello que le presentaban como una fortaleza fácilmente conquistable por el enemigo venido del mar...

En seguida le vino la prohibición de predicar en aquella diócesis.

Por su devoción al Rosario, el padre de Montfort entró en la Tercera Orden de Santo Domingo, queriendo pertenecer a una Orden que honraba de manera tan especial a la Santísima Virgen.

Rechazado y hasta expulsado de varias diócesis —una vez le fue prohibido hasta celebrar, teniendo que partir inmediatamente para llegar a tiempo a la diócesis vecina, a fin de rezar la Misa en la fiesta de la Asunción—, supo el misionero que sería bien recibido en las diócesis de Luçon y de La Rochelle, cuyos obispos eran meritoriamente anti-jansenistas.

Esas dos diócesis comprendían una parte de la región de la Vandea, que después, en 1793, se levantaría contra la sangrienta y atea Revolución Francesa. Fue en la Vandea que el padre de Montfort trabajó durante los últimos cinco años de su vida, implantando en aquellas poblaciones una sólida formación católica. Ésta fue, décadas más tarde, un decisivo hecho para la gloriosa y épica Guerra de la Vandea, contra los impíos revolucionarios de 1789.

Carta Circular a los Amigos de la Cruz

En aquella región, pasadas las misiones, fundaba asociaciones bajo el nombre de Hermanos y Hermanas de la Cruz, para quienes escribió su bellísima Carta Circular a los Amigos de la Cruz.

En la ciudad de La Rochelle, donde aún afloraban los errores de los calvinistas, predicó sucesivamente para pobres, soldados, mujeres y hombres. Obró varias conversiones, principalmente por el ministerio de la confesión, inclusive la de una dama de sociedad que hizo su retractación pública, para edificación de los católicos y horror de los protestantes.

En 1714 irguió los cimientos de la futura congregación de misioneros, la Compañía de María.

El padre Grignion de Montfort predicaba una misión en Saint Laurent-sur-Sèvre, cuando fue acometido por una pleuresía que lo llevó a la tumba, el día 28 de abril de 1716.
















           

 

Calvario construido por San Luis María Grignion de Montfort, en Pontchâteau


          

San Luis Grignion y la Contra-Revolución

San Luis María Grignion de Montfort puede ser considerado un apóstol de la Contra-Revolución. Sus libros y escritos inspiraron a grandes notabilidades católicas en el siglo XX, sobresaliendo entre ellos el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, gran devoto del admirable doctor mariano y especial difusor de su doctrina.

El libro Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen orientó y condujo por el camino de la perfección a muchas almas en todo el mundo.

“La originalidad mayor de Montfort consiste, probablemente, en haber descubierto a María como garantía de fidelidad, en el sentido de llevar al cristiano a liberarse del apego imperceptible que se esconde en sus mejores acciones. Desapego que consiste, probablemente, en la esencia misma de la consagración en forma de esclavitud”.


ASOCIACION CATOLICA INTERNACIONAL

Consecratio Mundi

​​​Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor. Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos a quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.

​Quien es San Luis María Grignion de Montfort?​



El apóstol de María y de la cruz.



Francia se debatía en los confusionismos y en la herejía. Toda la Europa occidental sentía los efectos de una lucha religiosa. El viejo mundo estaba en crisis. Fue enviado un ángel. Blanca vestidura que escondía un ascético cuerpo. Palabra penetrante, de fuego que abrasa. Alto, ojos de llamas. Milagros y profecías. Al estilo de Isaías, Jeremías o El Bautista. Era Vicente Ferrer.
Un año antes de morir, anuncia Vicente a la población de la Bretaña a «un hombre que el Omnipotente suscitará en un tiempo aún lejano; desconocido, contrariado, saturado de oprobios...».
Dos siglos y medio más tarde, todos vieron en Luis María Grignion de Montfort al hombre profetizado por Vicente.

Fue enviado un ángel... Y lo que nacerá será llamado Santo.
 
San Luis María Grignion (1673-1716) nació en Montfort, en la Bretaña francesa, el 31 de enero 1673, de una familia bastante numerosa el mayor de 18 hermanos, de los que 3 fueron sacerdotes y 3 religiosas. Uno de ellos murió en su infancia, San Luis Fue un gran predicador de misiones populares, en las que encendía el corazón de los hombres, provocando con la gracia divina innumerables conversiones.

También fue un escritor de obras muy valiosas sobre Cristo (El amor de la Sabiduría eterna), sobre la Virgen (El secreto de María; Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen), sobre la espiritualidad de los laicos (Carta circular a los Amigos de la Cruz) y también, como fundador, de la vida de los religiosos (La Compañía de María) y de las religiosas (Regla primitiva de la Sabiduría). Sus Cánticos populares son también una preciosa expresión de su profunda espiritualidad. (Obras completas en la BAC 111, 1964 y 451, 1984; y Oeuvres complètes, Éd. Seuil, París 1988; sólo en esta edición se incluye la serie completa de sus Cantiques).

Montfort predica y escribe con las mismas palabras de la Escritura. Él seguía en esto lo que fue norma frecuente en los Padres y grandes autores antiguos, por ejemplo, un San Bernardo, que en cada página traía diez o veinte citas bíblicas explícitas o implícitas. Montfort predica enhebrando continuamente frases y paráfrasis de la Sagrada Escritura. Convendría, por cierto, que algunos autores recientes conocieran esto, pues piensan y dicen que los antiguos ignoraban la Biblia, y que son ellos los que la han descubierto –aunque, eso sí, apenas la citan en sus escritos y predicaciones, donde prefieren hablar «ellos»–. Por el contrario, las predicaciones de San Luis María, lo mismo que los Cánticos que componía para el pueblo cristiano, son una antología preciosa y audaz de citas del Nuevo Testamento.

Si Cristo dice «yo no soy del mundo, y vosotros tampoco sois del mundo» (Jn 8,23; 15,19), y si San Pablo exhorta «pensad y buscad las cosas de arriba, donde está Cristo» (Col 3,1-2), San Luis María Grignion de Montfort, sin ningún temor ni complejo, se atreve a ofrecer al pueblo aquella canción: «Un vrai chrétien n’est plus de cette vie / il a déjà le coeur dans la Patrie (un cristiano verdadero no es de esta vida / y tiene ya su corazón en la Patria)». Y los cristianos la hacen suya con entusiasmo, y unos decenios más tarde, en los muy numerosos martirios de La Vendée, demuestran que creen de verdad en lo que dicen estas canciones: «Allons, mes cher amis, / allons en Paradis» (Cantique [S 24]).

El «mal du siècle» de la Francia cristiana del XVII es la mundanización. La vida y el ministerio evangelizador de San Luis María se desarrollan en la Francia del «Rey Sol», Luis XIV (1638-1715), un rey cristiano, culto, victorioso en las batallas, constructor de Versalles y de otros innumerables palacios, fiel a sus favoritas sucesivas y oficiales, centro permanente de una Francia próspera y potente (Cardenal Mazarino, Colbert) y brillante en la cultura (Molière, Racine, Boileau, Pascal, Bossuet).

En torno al Rey Sol giran también como satélites eclesiásticos no pocos Obispos de familias aristocráticas, afectados con frecuencia de galicanismo (Declaratio cleri gallicani, 1682) y, en forma activa o simplemente pasiva, de jansenismo, más asiduos en ocasiones a Versalles que a sus propias sedes episcopales. Montfort, por su extrema pobreza, por la claridad de su palabra, por su vida santa y totalmente configurada al Evangelio, halló siempre muy buena acogida en el pueblo cristiano sencillo. Pero en esos altos ámbitos mundanizados de la Iglesia estuvo siempre más perdido –permítanme la expresión– que un pato en un gallinero. De hecho, varios Obispos lo expulsaron sucesivamente de sus diócesis, y sólo fue recibido los últimos años de su vida por el Obispo de La Rochelle. De la doctrina de Montfort me fijaré aquí especialmente en su predicación sobre el mundo secular, que es el tema que nos ocupa.

–De Cristo o del mundo: una elección necesaria. «Queridos hermanos, ahí tenéis los dos bandos con los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo.

«A la derecha, el de nuestro amable Salvador [Mt 25,33]. Sube por un camino estrecho y angosto como nunca, a causa de la corrupción del mundo [7,14]. El buen Maestro va delante, descalzo, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo ensangrentado y cargado con una pesada cruz. Sólo le sigue un puñado de personas –si bien las más valientes–, ya porque su voz es tan delicada que no se la puede oír en medio del tumulto del mundo o porque se carece del valor necesario para seguirlo en la pobreza, los dolores y humillaciones y demás cruces, que es preciso llevar para servir al Señor todos los días [Lc 9,23].

«A la izquierda, el bando del mundo o del demonio. Es el más nutrido, el más espléndido y brillante –al menos en apariencia–. Lo más selecto del mundo corre hacia él. Se apretujan, aunque los caminos son anchos y más espaciosos que nunca, a causa de las multitudes que, igual que torrentes, transitan por ellos. Están sembrados de flores, bordeados de placeres y diversiones, cubiertos de oro y plata [Mt 7,13-14]».

«A la derecha, el pequeño rebaño que sigue a Cristo [Lc 12,32] se dice continuamente [para animarse al seguimiento]: “El que no tiene el espíritu de Cristo –que es espíritu de cruz– no es de Cristo [Rm 8,9]. Pues los que son de Jesucristo han crucificado sus bajos instintos con sus pasiones y deseos [Gál 5,24]. O somos imagen vivientes de Jesucristo o nos condenamos. ¡Animo!, gritan, ¡ánimo! Si Dios está por nosotros, en nosotros y delante de nosotros ¿quién estará contra nosotros? [Rm 8,31]. El que está en nosotros es más fuerte que el que está en el mundo [Lc 11,21]. Un criado no es más que su señor [Jn 13,16; 15,20]. Una momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria [2Cor 4,17]. El número de los elegidos es menor de lo que se piensa [Mt 20,16; Lc 13,23-24]. Sólo los esforzados y violentos arrebatan el cielo [Mt 11,12]. Y tampoco un atleta recibe el premio, si no compite conforme al reglamento [2Tim 2,5], conforme al Evangelio y no según la moda. ¡Luchemos, pues, con valor! ¡Corramos de prisa para alcanzar la meta y ganar la corona! [1Cor 9,24-25]”.

«Los mundanos, al contrario, para incitarse a perseverar sin escrúpulos en su malicia, claman todos los días: “¡Vivir, vivir! ¡Paz, paz! [Jer 6,14; 8,11; Ez 13,10]¡Alegría! ¡Comamos y bebamos, cantemos, bailemos y juguemos [Is 22,13; Mt 24,38-39; Lc 17,27; 1Cor 15,32]! Dios es bueno y no nos creó para condenarnos. Dios no prohibe las diversiones. No nos condenaremos por eso. ¡Fuera escrúpulos! No moriréis [Gén 3,4]”…

«No os hagáis ilusiones [1Cor 6,9]. Esos cristianos que veis por todas partes trajeados a la moda, en extremo delicados, altivos y engreídos hasta el exceso, no son los verdaderos discípulos de Jesús crucificado. Y si pensáis lo contrario, estáis afrentando a esa Cabeza coronada de espinas y a la verdad del Evangelio. ¡Válgame Dios! ¡Cuántas caricaturas de cristianos pretenden ser miembros de Jesucristo, cuando en realidad son sus más alevosos perseguidores, porque mientras hacen con la mano la señal de la cruz, son sus enemigos en el corazón [enemigos de la cruz de Cristo: Flp 3,18]!» (Carta a los Amigos de la Cruz 7-10).

 El Evangelio mundanizado es un Evangelio falso. Montfort, predicando y escribiendo de estos modos, era una figura impresentable en el panorama eclesiástico de la Francia de 1700. Ya entonces, sobre todo en el clero y el laicado más ilustrados, se iba diseñando la figura del católico liberal, del honnête homme, cristiano sinceramente reconciliado con el mundo secular, hombre discreto, próspero y moderado, que está en el mundo presente como pez en el agua. Su sabiduría mundana es justamente la antítesis de la sabiduría evangélica.

Dios tiene su Sabiduría, la única verdadera y digna de ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo depravado tiene la suya, y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perversa… En efecto, la sabiduría mundana es aquella de la que se ha dicho: “anularé el saber de los sabios” según el mundo [1Cor 1,19]. La sabiduría de la carne es enemiga de Dios [Rm 8,9]. Esta sabiduría no baja de lo alto; es terrestre, animal y diabólica [Sant 3,15]. Consiste esta sabiduría mundana en una perfecta armonía con las máximas y modas del mundo; en una tendencia continua a la grandeza y estimación; en la búsqueda constante y solapada de los propios caprichos e intereses…

«Sabio según el mundo es quien sabe desenvolverse en sus negocios y consigue sacar ventaja de todo, sin dar la impresión de buscarlo; quien domina el arte de fingir y engañar astutamente, sin que nadie se dé cuenta; quien conoce perfectamente los gustos y cumplidos del mundo; quien sabe amoldarse a todos para conseguir sus propósitos, sin preocuparse ni poco ni mucho de la honra y gloria de Dios; quien armoniza secreta pero funestamente la verdad con la mentira, el Evangelio con el mundo, la virtud con el pecado y a Jesucristo con Belial [2Cor 6,15]; …

«Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy, porque nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño; la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para justificar las suyas…, que incluso los más sabios según Dios son víctimas de sus mentiras. En efecto, “el número de los necios es infinito” [Ecle 1,15]. Es decir, el número de los sabios según el mundo –que resultan necios según Dios– es infinito [1Cor 1,20-31]» (El amor de la Sabiduría eterna 74-79). La sabiduría mundana y diabólica tiene tantos adeptos, porque está hecha de amor a los bienes de la tierra, amor al placer, amor y estima de los honores (Amigos de la Cruz, 80-82).

Haya fortaleza y alegría en «los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12). Las predicaciones y canciones de Montfort tienen la alegría evangélica de quienes libran con el mundo un gran combate, seguros de su victoria. Ante la fuerza abrumadora del mundo moderno nunca se da en San Luis María ese derrotismo histórico, esa tristeza oculta hoy tan frecuente en quienes estiman necesario –¡obligado en conciencia!– pactar con el mundo en los términos más ventajosos que se puedan conseguir, para asegurar el presente y el futuro de la Iglesia. La alegre vitalidad evangélica de Montfort recuerda a los grandes misioneros de la Iglesia, Pablo, Ignacio de Antioquía, Martín de Tours, Bonifacio, Javier…

«Gran Dieu, donnez-nous du secours, / armez-nous de votre tonnerre. / Le monde nous fait tous les jours / partout une cruelle guerre. / C’est l’ennemi le plus malin / parce qu’il est le plus humain. // Amis de Dieu, braves soldats, / unisson-nous, prenons les armes, / ne nous laissons pas mettre à bas, / combattons le monde et ses charmes. / Puisque Dieu même est avec nous, / nous le vaincrons, combattons tous. // Armons-nous de la vérité / contre les amis du mensonge. / Faisons-leur voir par charité / que tous leurs biens ne sont qu’un songe. / Armons-nous d’une vive foi. Nous leur ferons à tous la loi…»

(«Dios grande, acude en nuestra ayuda, / ármanos con tu rayo. / El mundo nos hace cada día / en todas partes una cruel guerra. / Es el peor de los enemigos / porque es el más humano. // Amigos de Dios, valientes soldados, / unámonos y tomemos las armas, / no nos dejemos vencer, / peleemos contra el mundo y sus encantos. / Puesto que el mismo Dios está con nosotros, / venceremos: luchemos todos. // Sea nuestra arma la verdad / contra los amigos de la mentira. / Hagamos verles por caridad / que todos sus bienes son sólo un sueño. / Armémonos de una fe viva, / y ofrezcamos a todos nuestro buen ejemplo») (Cantique [77]).

Juan Pablo II reconocía que, entre los sucesores de aquellos Apóstoles primeros, que recibieron la misión de «ir a todas las gentes, para predicarles el Evangelio», sin duda San Luis María Grignion de Monfort es «uno de los más notables» (19-IX-1996). Como hemos visto, ante una Europa culta, que ya por 1700 va iniciando su apostasía y dando la espalda a Jesucristo –aunque todavía conserva algún respeto por las exterioridades del cristianismo–, Monfort pre-dica, o lo que es lo mismo, dice-con-gran-fuerza, el Evangelio de Cristo, sin avergonzarse nunca de él. Nada afirma que no esté en el Nuevo Testamento, muchas veces expresado con las mismas palabras. Ésa es su grandeza, su mayor originalidad y la explicación de que sus escritos conserven la misma frescura y actualidad que tuvieron hace tres siglos.

No puede haber vida perfecta en Cristo sin vencer con Él totalmente al mundo (Jn 16,33; 1Jn 5,4). Y por eso, la fidelidad total y confiada de Montfort al Evangelio le lleva a predicar, como uno de sus temas fundamentales, la peligrosidad del mundo, y la gloriosa necesidad de combatirlo y de vencerlo, no con sus propias armas –astucia, violencia y engaño–, sino con las armas de Cristo, la fe y la caridad, la verdad y el amor. Él, porque cree en la gracia de Dios y en la libertad del hombre asistida por la gracia, se atreve a evangelizar al hombre con una claridad que hoy nos resulta apabullante:

«Para alcanzar la Sabiduría [para ser perfecto] te es necesario:

«–Renunciar efectivamente a los bienes del mundo [Mt 19,21], como lo hicieron los apóstoles, los discípulos, los primeros cristianos y los religiosos; es el modo más rápido, mejor y más eficaz para alcanzar la Sabiduría. O por lo menos, desligar el corazón de esos bienes y poseerlos como si no los poseyeras [1Cor 7,29-31], sin afanarte por adquirirlos, sin inquietarte por conservarlos, sin impacientarte ni lamentarte cuando los pierdas; lo que ciertamente es bien difícil de practicar.

«–No adoptar las modas de los mundanos en vestidos, muebles, habitaciones, comidas, costumbres ni actividades de la vida: “no os configuréis al mundo”, etc. [Rom 12,2]. Esta práctica es más necesaria de lo que se cree.

«–No creer ni secundar las falsas máximas del mundo, ni pensar, hablar ni obrar como las gentes del mundo. Éstas tienen una doctrina tan contraria a la Sabiduría encarnada como las tinieblas a la luz [2Cor 6,14-15], la muerte a la vida. Examina atentamente sus sentimientos y palabras: piensan y hablan mal de las más sublimes virtudes. Es verdad que no mienten abiertamente, pues revisten sus mentiras con apariencias de verdad. Piensan que no mienten, pero en realidad están mintiendo» (El amor a la Sabiduría eterna 196-199).

Evangelio puro. Si a un cristiano actual le repele la predicación de Monfort, que vaya con cuidado antes de rechazarla: él dice lo que dijeron Cristo y los Apóstoles, normalmente con sus mismas palabras. Y con efectos muy semejantes, pues cuantiosas muchedumbres se convierten al oirle. Cosa que no lograban –ni intentaban– aquellos altos y cultos eclesiásticos de su tiempo, incomparablemente más adaptados al mundo, aquellos que lo expulsaron en varias ocasiones de sus diócesis, y que lo seguirían expulsando hoy.